Soberanía cognitiva

Fuente: La Lectura (El Mundo)

En tiempos en que la inteligencia artificial promete ahorrar tiempo y esfuerzo, ¿qué perdemos cuando delegamos la lectura y el pensamiento? Marisol Buquet Hernández reflexiona sobre la soberanía cognitiva, el valor insustituible de la experiencia de leer y los riesgos de convertir al algoritmo en intermediario de nuestra relación con los textos.

Por Marisol Buquet Hernandez

¿Quién no ha sentido, al menos una vez, el vértigo de ser atravesado por un libro? Ese momento en que las palabras dejan de ser signos para surcar nuestra sensibilidad, que nos descoloca y nos obliga  a nombrar lo que hasta entonces permanecía en penumbras. Esa es la fuerza del texto que nos interpela, una invitación a la hospitalidad, donde el libro nos pregunta, nos cuestiona y nos convoca a un encuentro inevitable con nuestra propia subjetividad. Pero, ¿qué sucede cuando, en el afán de leer, sustituimos ese encuentro con la comodidad del atajo?

Es un contrasentido que nos arrebata nuestra humanidad, si cada palabra fue elegida con la intención de construir puentes, si cada coma y cada silencio fueron pensados desde el quehacer del escritor para un quehacer del lector, como bien nos recuerda Graciela Montes, ¿por qué insistimos en demoler ese entramado? La lectura debería ser un espacio de exploración, de encontrarnos con otros y con nuestra propia subjetividad. 

El libro es un puente, pero con frecuencia «mandamos a otro» a cruzarlo para que nos cuente qué vio y qué vivió. Delegamos en un tercero la tarea de la interpretación, tal vez en un resumen que nos impide experimentar por nosotros mismos. Un resumen que corta los hilos del entramado que el autor quiso tejer con sus lectores. Al optar por el resumen de la IA, no solo estamos economizando tiempo estamos renunciando a la arquitectura del pensamiento. Estamos abandonando la tarea de leer para convertirnos en meros receptores de una interpretación digerida, renunciando al derecho de construir nuestro propio sentido, cara a cara con la obra.

En nuestra obsesión por la eficiencia, por lo inmediato, entregamos a la IA nuestro proceso cognitivo, interpretación y valoración personal, sin revisar, sin controlar. “Ya no leemos el mundo”, parafraseando  a Graciela  Montes. En este afán desesperado por ahorrar segundos, regalamos nuestra soberanía cognitiva al mejor postor algorítmico, como si nuestra capacidad de pensar fuera algo de lo que quisiéramos desprendernos. No nos conmueven  las palabras, simplemente nos entregamos a la interpretación de “un otro”, sin cuestionar,  si total… total está programado para agradarnos. Aceptamos la delegación de ideas, una esclavitud voluntaria a cambio de un tiempo que creemos aprovechar y disfrutar.

Al dejarnos seducir por el automatismo del algoritmo, se provoca un daño silencioso pero profundo, nos volvemos unos analfabetos de la pausa. Cuando eliminamos el espesor del texto, cuando ignoramos la tipografía, los espacios y la descripción justa, perdemos la capacidad de dejarnos afectar. La IA nos devuelve una respuesta prefijada, cómoda y complaciente, un espejo que nos garantiza que no nos dolerá el encuentro con lo distinto. Y es precisamente ahí donde reside el peligro de la anestesia de la mirada que nos vuelve incapaces de habitar la totalidad, condenándonos a caminar sobre la superficie de los datos, sin permitir que ninguna idea, por más potente que sea, logre atravesarnos el alma.

No se necesita prohibir una idea, basta con sepultarla bajo un contenido insignificante que un algoritmo establece como importante. Si dejamos de leer la totalidad, por conformamos con el fragmento digerido simplemente aceptamos una calma paulatina e invisible. Pero no es un descanso, es un entumecimiento del alma que nos deja a la deriva, perdemos la capacidad de sentir no solo el esfuerzo, el dolor, sino también la belleza, la incomodidad de la duda y la aspereza de lo real. 

Cuando preferimos la lectura prefabricada, y no el juicio propio, cuando el código nos dice qué sentir, qué merece nuestra atención, terminamos habitando un mundo donde nada nos hiere, porque nada nos toca. Y donde al perder el derecho a sentir el dolor de una idea que nos desafía, terminamos también perdiendo la capacidad de experimentar el asombro o la alegría de descubrir algo propio. Si no nos permitimos esa fragilidad, si no sentimos el texto atravesándonos, ¿en qué clase de seres nos estamos convirtiendo? Tal vez en seres capaces de procesar información, pero incapaces de habitar la vida, caminando en una superficie de datos que no logra ni dolernos, ni salvarnos.

Ya nadie habita el texto, nos acostumbramos a la inmediatez al estímulo inmediato, a la respuesta instantánea y cuando algo requiere tiempo, nos frustra. Hay una muerte del pensamiento crítico, una delegado nuestra humanidad. Simplemente procesamos datos, copiamos y pegamos.

Kelly Tan (Pinterest)

Si delegamos nuestros pensamientos a una inteligencia artificial, sin detenernos a pensar y sin permitir que el texto pase por nuestra propia reflexión estamos renunciando a nuestra soberanía cognitiva. Etimológicamente la palabra soberanía proviene del latín vulgar, superanus, que significa «sobre» o «por encima de». La soberanía cognitiva reside en el derecho del ciudadano de no solo conocer, sino de participar activamente en la construcción del sentido de lo que se vive. Es la capacidad de ser dueño de nuestros procesos internos.

Una democracia real requiere ciudadanos capaces de interpretar, dudar y de sostener la mirada en la complejidad, si solo delegamos por falta de tiempo, si claudicamos frente al algoritmo ¿dónde queda nuestra soberanía? Paulatinamente nos subordinamos a lo que la maquina nos ofrece, mutando a receptores pasivos, aceptando la mirada de un amo digital que hemos dejado de cuestionar. 

Peckham (2021) describe cómo la IA se interpone entre lo humano y la realidad: “estamos abrazando aplicaciones de IA por conveniencia (…) necesitamos reclamar nuestras almas y tener el control de los artefactos que hemos hecho”.

En definitiva es reclamar nuestro derecho a la fragilidad, al asombro. Leer es, sobre todo, el permiso que le damos al texto para que nos interpele. Permitiendo que cada palabra y cada signo nos atraviese como una lanza porque surcó de un lado a otro nuestra sensibilidad. Tal vez el texto nos acaricie y esas palabras sanen un alma herida. Es preciso entender que la IA puede darnos información, ¿pero nos dará la experiencia de ser transformados por la lectura? No se trata de rechazar la tecnología, sino de impedir que se convierta en el amo de nuestro criterio, porque leer es un acto de soberanía. 

Tal vez debamos volver al libro sin intermediarios, como un territorio de libertad y sobretodo un camino de resistencia, porque leer da poder, leer nos hace libres. Después de todo, como afirmó R. Di Mario (comunicación personal, marzo de 2026), «lo que sobrevive al paso del tiempo es lo que construimos colectivamente».

La resistencia no ocurre cuando buscamos destruir la tecnología, sino cuando no delegamos nuestra soberanía cognitiva. Recuperarla es dejar de ser súbditos del algoritmo para volver a ser los dueños de nuestra propia mirada e interpretación. ¿Qué quedará de nuestra propia humanidad cuando hayamos terminado de tercerizarlo todo? Y ¿qué capacidad de transformación de la realidad nos quedará, si no somos nosotros quienes nos atrevemos a pensarla?

Bibliografía.


Furman, M. (2021). Enseñar distinto: Guía para innovar a oscuras. Siglo Veintiuno Editores.

Meirieu, P. (1998). Frankenstein educador. Laertes.

Montes, G. (2001). La frontera indómita: En torno a la construcción y defensa del espacio poético. Fondo de Cultura Económica.

Peckham, J. (2021). Masters or slaves? AI and the future of humanity. Inter-Varsity Press.

Van Manen, M. (1998). El tacto pedagógico: El significado de la sensibilidad pedagógica. Paidós.

“Para la revisión de requisitos formales de escritura y adecuación editorial, se utilizó un tutor de inteligencia artificial provisto por la revista Improbable. La herramienta no participó en la elaboración conceptual, análisis ni conclusiones del artículo.”


Estudiante avanzada de la carera de Profesorado de Educación Primaria. Instituto Superior Nuestra Señora y Santa Inés.

@marisolbuquet 

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