
Mientras el presente educativo se debate entre maltratos, desacreditación y los desvíos hacia la responsabilidad individual por el cambio, este ensayo formula otra pregunta: ¿puede la enseñanza convertirse en una práctica de desarraigo crítico? A partir de la obra de Vilém Flusser, Sergio Walter Salguero explora la posibilidad de habitar las fronteras del pensamiento sin convertir la incertidumbre en una virtud ni la precariedad en un destino inevitable.
Por Sergio Walter Salguero
I
Hace tiempo que presenciamos el ajuste, el abandono y el maltrato sistemático a la ciencia y la educación. Este año el regreso laboral profundizó los sentimientos de precariedad y desgaste afirmando un escenario complejo. Es común que cada encuentro en la sala de profesores se sostenga en saludos y abrazos mezclados con historias y anécdotas personales o de la tarea cotidiana. Pero también aparecen diálogos, a veces incómodos, a veces cómplices, nunca indiferentes.
Casi sin transición, aparecieron las demandas y tareas del oficio, y las clásicas exigencias administrativas que como en la clásica película de ciencia ficción Brazil (Terry Gilliam, 1985), terminan por absorber cualquier resto de sentido humano. En las discusiones se reconsideran los propósitos sobre la enseñanza, la pregunta por lo nuevo y los cambios. La obligación de “aggiornarse”, la de “innovar”. Se pueden escuchar comentarios sobre el oficio que se posicionan desde el ánimo recetario (comprensible y sin ánimo de moralizar estos lugares), pero también otros que intentan romper con el sentido común y la opción por animarse a territorios inexplorados.
Las “prescripciones del poder” insisten en la “escuela posible” con necesidad de transformación y la exigencia de innovación pero como esfuerzo personal y motivacional. Como si toda transformación educativa se formulara en clave de coraje individual y no fuera fruto de condiciones contextuales y estructurales. Elegir todos los días el oficio de enseñar exige nombrar o considerar esas condiciones materiales y simbólicas que hacen cada vez más difícil sostener esta elección. Se sabe. Lo saben.
El desplazamiento hacia el cambio, la salida hacia lo nuevo, no puede narrarse solo como una decisión subjetiva, sin considerar los efectos de una estructura que nos empuja. Elegir enseñar todos los días no responde al mandato de moverse, optimizarse, reinventarse a como dé lugar porque “eso es crecer” y es lo que demandan estos tiempos. Cuando no lo logramos o los resultados no son satisfactorios se traslada la responsabilidad como sentimiento de culpa personal. Pienso, por ejemplo, en la estrategia de la culpa y en la despolitización del estrés que menciona Mark Fisher en su Realismo capitalista, y en el sujeto del rendimiento, la interiorización de la vigilancia y la autoexplotación que menciona Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio.
¿Es posible ensayar desarraigos críticos en el plano del pensamiento cuando el desarraigo ya opera en el plano de las condiciones de trabajo? ¿Se puede sostener el suelo material de la práctica de enseñar y, al mismo tiempo, habitar una frontera crítica que nos permita traducir, desviar y tomar distancia de los marcos y mandatos que hoy la programan?
¿Se debe buscar un suelo conceptual relativamente firme para que el movimiento sea pensamiento y no simple adaptación o cambio superficial? ¿O el presente exige un oficio capaz de habitar una frontera, una extranjería crítica que no romantice la precariedad ni la incertidumbre?
¿Y si la enseñanza, en estos contextos, fuera finalmente un ejercicio de pequeñas formas de exilio, de desarraigos epistemológicos?



II
Vilém Flusser fue un filósofo nacido en Praga en 1920, en el seno de una familia de intelectuales judíos. En 1939 huyó tras la ocupación nazi. Su familia fue asesinada en los campos de concentración alemanes. Pasó por Londres y luego se radicó en Brasil, donde vivió más de tres décadas antes de trasladarse nuevamente a Europa en los años setenta, años de dictadura.
Escribió su autobiografía que llamó Bodenlos, palabra alemana que remite a estar “sin suelo”, “sin base”, “sin fundamento”, pero también a lo “absurdo”. Su texto es una operación filosófica que funciona como espejo y laboratorio para pensar su vida como problema conceptual, para compartir los efectos del desarraigo y volverlo pensable, más allá de la herida de su exilio como acontecimiento histórico.
El ejercicio de su escritura autobiográfica le permitió explorar y examinar críticamente los fundamentos culturales, lingüísticos y políticos que suelen darse por supuestos. Al perder la patria y la lengua originaria, se pierde también la ilusión de un suelo natural. La experiencia de enfrentarse a la falta de cimientos, de fundamento, tan radicalmente solitaria, no es algo que pueda eliminarse pero puede articularse, volverse consciente, elaborarse.
Flusser habla de desenraizamiento. Aunque se radicó durante décadas en Brasil y regresó luego a Europa en los setenta, nunca dejó de experimentar una forma de extranjería estructural. El exilio no quedó reducido a un episodio de su biografía. Con el paso de los años fue adquiriendo el espesor de una condición histórica desde la cual Flusser terminó por pensar y situarse epistemológicamente.
Esto no convierte al exilio en un destino deseable para nadie, ni que renuncie al deseo de retorno. En el caso de Flusser, su experiencia traumática de desarraigo se volvió reflexión sobre la fragilidad de todo suelo absoluto. Quien ha perdido el fundamento difícilmente pueda adherir ingenuamente a uno nuevo.
En esa grieta, en ese intersticio (ni completamente dentro ni completamente fuera) aparece la posibilidad de recombinar códigos culturales, de traducir, de desplazar sentidos. La extraterritorialidad habilita un pensamiento sin garantías, por eso no conviene leerla como una exaltación del desamparo. Cualquier sacralización del suelo para él se le volvió sospechosa, porque podía convertirse en un dispositivo de exclusión. De aquí también su elección deliberada por la escritura ensayística y su crítica al academicismo cerrado. “Nadie piensa académicamente”.
La condición de exilio se vuelve una imagen de un sujeto contemporáneo enfrentado no solo a la pérdida de un suelo histórico, también a la transformación de los propios modos de codificar la realidad y a una cultura atravesada por aparatos técnicos. La figura del exilio pasa a nombrar una forma de habitar un mundo en el que los fundamentos tradicionales se disuelven y los códigos cambian. En lo que Flusser llama una época poshistórica, la historia deja de organizarse como un relato lineal, se estructura como programa y los acontecimientos son codificados por aparatos e imágenes técnicas que preconfiguran su sentido antes incluso de que podamos narrarlos. Con esto se anticipaba al fenómeno de la algoritmización que hoy vivimos. Si la cultura se organiza como programa, también la enseñanza corre el riesgo de convertirse en la simple ejecución de guiones preestablecidos o en la administración de acciones codificadas por dispositivos técnicos o institucionales.
Frente a la épica del desplazamiento entendido como estrategia individual de mejora o innovación, el pensamiento de Vilém Flusser prpone la asunción de la falta de fundamento (la Bodenlosigkeit) como punto de partida del pensamiento para otra enseñanza no reducida a simple ejecución. Nada tiene que ver con la aventura personal ni la autosuperación. El exilio no es el abandono metodológico de una comodidad ni la aceptación resignada de la intemperie, es la conciencia de que ningún suelo es absoluto.
Aplicado al oficio de enseñar, esto no significa convertir la incertidumbre o la inestabilidad material en algo virtuoso. Significa, más bien, sostener las condiciones que hacen posible la práctica y, desde allí, ejercer una distancia crítica frente a los marcos y mandatos que la organizan. El desarraigo puede convertirse en método cuando no es consecuencia del ajuste.
Habitar la frontera, entonces, no es quedar a la deriva ni conquistar lo novedoso por lo novedoso. Es evitar que el suelo se vuelva “verdad absoluta”. La enseñanza “incómoda”, en este sentido, no se reducirá a administrar certezas ni se limitará a adaptarse, ni buscará el cambio por el cambio. Transformará la falta de garantías en un gesto reflexivo, en el ensayo consciente de nuevas formas de sentido.
Bibliografía.
Flusser, V. (2007). Bodenlos: uma autobiografia filosófica. Annablume.
Gilliam, T. (Director). (1985). Brazil [Película]. Embassy International Pictures.
Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.
Fisher, M. (2016). Realismo capitalista. ¿No hay salida?. Caja negra.
Salguero, S. W. (2023, 13 junio). Nadie piensa académicamente. La Tecl@ Eñe Revista.
“Para la revisión de requisitos formales de escritura y adecuación editorial, se utilizó un tutor de inteligencia artificial provisto por la revista Improbable. La herramienta no participó en la elaboración conceptual, análisis ni conclusiones del artículo.”
Sergio Walter Salguero
Docente, Prof. de filosofía y ciencias de la educación, Especialista en TIC y Magíster
en tecnología, políticas y culturas (UNC). Doctorando en Ciencias Humanas (UNSAM)
@segiowsalguero